Gabriela Mistral en la canción de arte chilena
Proyecto 2025
La canción de arte, o digamos la canción en sí, es una fusión consciente y artística entre un texto y una música, en la convicción de que una es parte de la otra y que por separado perderían parte de su capacidad de conmover. Por ello es incompleto hablar de un género musical como este sin considerar la literatura (mayoritariamente poesía) que lo ha sustentado. De hecho, no el nacimiento, pero sí el gran impulso y crecimiento del lied debe mucho a escritores como Goethe o Heine, por ejemplo, y en la mélodie se pueden ver sus etapas en el siglo XIX de la mano de autores como Beaudelaire, de Musset y Verlaine, entre otros.
La canción de arte en español o italiano tuvo menos figuras literarias señeras o recurrentes y quizá esto fue razón para una presencia menor respecto a sus similares de otras naciones, recayendo en la primera tener un factor distintivo más en el color musical y, en la segunda, lograr una amplia difusión mundial no a partir de su mensaje literario sino gracias a la preponderancia melódica vocal, muy atractiva para el repertorio de concierto de grandes cantantes líricos.
Específicamente en el caso de nuestro país, el gran impulso de la canción de arte, tanto a nivel de composición personal como a aquellas nacidas dentro de la academia, fue dado por la poesía de Gabriela Mistral, que, desde la segunda década del siglo XX y hasta el presente, se erige como la más puesta en música de todo el repertorio nacional, muy por sobre otras como la de Pablo Neruda o Vicente Huidobro. ¿A qué se debió y debe esto?
Primero que nada, a que la figura de la poeta, luego de ganar los Juegos Florales de 1914, empezó a tener un creciente reconocimiento en nuestro país. La publicación de sus poemarios “Desolación” (1922) y, especialmente, “Ternura” (1923) fue ampliando su prestigio tanto a nivel nacional como internacional, y puso a disposición un nutrido conjunto de poemas que fueron rápidamente tomados por diversos compositores, como María Luisa Sepúlveda, Alfonso Leng, Aníbal Aracena Infanta, Pedro Humberto Allende, Domingo Santa Cruz y Jorge Urrutia Blondel. La otorgación del premio Nóbel en 1945 no hará más que confirmar este renombre, período paralelo o quizá consecuente a unos años especialmente nutridos en creación de canción de cámara mistraliana.
Luego citaremos razones musicales, que fueron reconocidas desde un primer momento. Según palabras del mismo Urrutia Blondel, (quien escribiera dos artículos alusivos a la poeta y la música nacional en la Revista Musical Chilena en 1946 y 1957), para los compositores “fue una alianza a primera vista”.
Primero, a la canción de arte le venía muy bien lo conciso de la poesía de la Mistral, el breve número de estrofas. Y, sobre todo, el notable factor rítmico que poseía, tanto en rima como en estructuras internas, que predisponía a la musicalización. A esto se sumaba la temática que, lejos de toda ironía, chiste o picardía (elementos poco frecuentados por la creación docta chilena), se desarrollaba entre el repertorio infantil de rondas (eminentemente musicalizables, que, en general, propició las canciones más simples y con evidente deseo de frescura), hasta textos de hondo dramatismo, que se tornaron ideales para la introspección de la canción de cámara y la creación de obras más complejas. También aportaba un sentido de chilenidad, en el fondo más que en la forma, que propiciaba una creación con raíz, pero sin caer en pintoresquismos; y poseía una religiosidad cristiana sin ser confesional, con la que era más universal empatizar. Así, abundará la elección de rondas, de cantos infantiles, de poemas que ploran la muerte o la pérdida, la resignada queja amorosa, la nostalgia de la tierra o la presencia de un Cristo doliente que se erige como metáfora del dolor humano.
El castellano en Mistral se torna un idioma idóneo e inspirador por valores propios, en sonido y contenido, produciendo un paulatino alejamiento a componer en otras lenguas, como era frecuente anteriormente. La poesía de Mistral se torna un canal, una vía, por la que paulatinamente la composición de canción de arte chilena se encontró con el idioma castellano y, de manera colateral pero no menos importante, estableció a lo largo del siglo XX un punto de diálogo y encuentro entre los creadores nacionales, mucho más que sólo por la coincidencia de textos elegidos, o por el mayoritario requerimiento de la voz femenina en la composición (soprano, mezzosoprano o contralto), caso natural considerando la omnipresente hablante femenina de su poesía.
La presente edición de la Canción de Arte Chilena quiere rendir un homenaje a esta creación a partir de la poesía de Gabriela Mistral, abarcando cien años que atraviesan el siglo XX y XXI, desde “Cima” de Alfonso Leng y “Rondas de niños” de Aracena Infanta (las dos obras para voz solista y piano más antiguas que hasta el momento podemos datar), hasta las creaciones de Morgado y de la Fuente, que tienen aquí su estreno absoluto, como ganadores del concurso de composición con texto mistraliano especialmente convocado para esta edición.
De esta manera podemos, de la mano de Gabriela Mistral y lo que ha sido y es su presencia en la creación nacional, hablar de tradición, patrimonio, pasado, pero también presente.
- ¿En dónde tejemos la ronda?Compositor: Anibal Aracena Infanta
Texto: Gabriela Mistral
Cantante: Constanza Ayala, mezzo-soprano
Pianista: Andres Silva - CosasCompositor: Luis Advis
Texto: Gabriela Mistral
Cantante: Montserrat Urbina, soprano
Pianista: Yudalis Perdomo
